miércoles, 29 de agosto de 2007

El Proyecto Starringson

Después de la desaparición de Starringson, pudimos encontrar entre sus notas una que nos llamó poderosamente la atención.

De acuerdo que mi paso será efímero, como el de cualquier insecto, pero chasquearé mis dedos y propondré una estratagema sofisticada y lúcida. Se parecerá un poco al resumen de un laberinto, y éste será su título: "proyecto inacabado para pasar desapercibido".

Nunca podremos concluir si Starringson tuvo éxito o no con su proyecto. Las demás notas, en consonancia con ésta, consistían en listas de la compra, citas con el dentista y un par de preguntas sin contestar: "¿se cansan las hormigas?" y "¿con qué se hace la gelatina?". Parecería que toda la vida de Starringson estuviese organizada alrededor de su proyecto. Sin embargo, es la propia nota la que, aún siendo paradigmática de su existencia, contradice toda su obra. La razón por la que la escribió es una gran incógnita. Algunos dicen que la existencia de esta nota supone el mayor fracaso de Starringson. Sus defensores opinan que en ella radica el éxito de su auténtico proyecto inacabado. Éstos además argumentan que Starringson jamás ha desaparecido, y que probablemente está entre nosotros, ante nuestras propias narices.

miércoles, 22 de agosto de 2007

El Tamaño No Importa

Marta ha regresado a Europa y ha empezado por la costa, con mucho cuidado, y sin salirse. Todavía le queda un largo trabajo por delante. Lo que la ha conducido a hacer todo esto fue una idea muy sencilla y sin la menor trascendencia, aunque por puro accidente ha desembocado en toda esta locura. Así empiezan siempre los grandes proyectos de la humanidad, partiendo de una pequeña y simple idea que deriva por azar en algo catastrófico o magnífico, o ambas cosas.
La idea de Marta había sido pintar de verde la puerta de su garaje. Compró dos botes de pintura verde lechuga, un par de brochas redondas, dos batas, dos gorros, dos pares de gafas protectoras y dos mascarillas para evitar la intoxicación. Posiblemente todo eso era más de lo que necesitaba para pintar la puerta del garaje, pero puedo asegurar que lo ha utilizado todo, y con creces. Antes de ponerse manos a la obra, justo cuando iba a buscar algunos papeles de periódico para no manchar el suelo, dejó los botes de pintura dentro del garaje. Marta no es muy ordenada, y su garaje estaba patas arriba. Por eso, mientras salía, tropezó con un triciclo, el triciclo movió el barco pirata de los clics, el barco salió disparado hasta chocar con un balón de playa que impactó contra una vieja estantería destartalada. Sobre la estantería había un globo terráqueo, que debido al golpe sufrido con la pelota, cayó justo dentro de uno de los botes de pintura. Marta intentó limpiarlo por todos los medios, pero no hubo manera. El globo terráqueo se había vuelto verde y no salía. Su idea comenzó a madurar mientras pintaba la puerta del garaje, y acabó de concretarse pintando su casa de arriba abajo con su verde lechuga. Y fue a comprar más pintura. La única manera de solucionar el tema de su verde maqueta era tomar el todo por la parte. No le fue fácil encontrar el mismo tono verde lechuga en todas partes. Tuvo que hacer alguna mezcla con esencias de vegetales. Comenzó en América del Sur, y no ha cejado en su empeño. Ahora retoma su labor en el viejo continente, aunque me consta que no ha terminado su trabajo en las Américas. Tendrá que regresar. Ya he dicho que Marta no es muy ordenada.

Enrique cree que Marta está loca. A él nunca le ha gustado pintar. Ni la informática. Siempre se ha negado a tener un ordenador, no les ve ninguna utilidad. Dice que un ordenador sólo le ocasionaría problemas y que es más feliz sin él. Últimamente ha mostrado cierto interés por algo llamado "internet". Cuando le he explicado lo que es, le pareció buena idea. "Tendrás que tener ordenador si quieres internet", le dije yo en modo mefistófeles. Enrique se quedó un rato dudando y finalmente dijo: "Hombre, internet parece que está bien, pero... ¿ no me lo podrías imprimir?"

La gente dice que no me esfuerzo demasiado. Yo sé que pongo toda la carne en el asador. Pero es que tendrían que ver ustedes el asador.

A solas

Camino de la estación de trenes, se dirigía la soledad de alguien. La contemplé caminar ligera, arrastrando su maleta, y en sus pasos se percibía una inquebrantable determinación de marcharse con destino a cualquier parte. Daba la impresión de que abandonaba a su dueño y de que no regresaría nunca más. De pronto sentí una gran compasión por la persona a la que esa soledad había dejado. Dios mío, ¿qué le quedará ahora?
Como nadie nos veía, me aferré tenazmente a la mía, y aprovechando que estábamos solos, le susurré, suplicante.
- Tú no me dejes nunca.
No sé por qué me miró con tanta suspicacia, como si fuese yo quien tuviera el plan de marcharme algún día.

¿Dónde?

Siempre estás buscando. El primer sitio en el que miras es debajo de la cama, como si allí fuera a parar todo lo que se pierde. Abres y cierras cajones a velocidad compulsiva, no creo ni que te dé tiempo a ver qué hay dentro. A veces creo que buscas por el simple hecho de buscar, sin esperar encontrar nada. Abres armarios de golpe y los cierras con violencia, como si te decepcionase su interior, te lanzas al suelo y miras debajo del frigorífico, ignorando a las hormigas que habitan debajo. Tampoco te satisfacen los pequeños seres que hay bajo la lavadora. Te incorporas de un salto y buscas entre la cubertería, vacías todas las alacenas, pero nada te convence. De pronto, como si hubieses tenido la mejor ocurrencia de toda tu vida, te vacías los bolsillos del pantalón, de la camisa y de la chaqueta, dejando todo un manojo de objetos inútiles sobre la mesa. Los manoseas analizándolos superficialmente y te desesperas ante su inoportunidad. Te detienes un segundo a respirar, a pensar, revuelves tus cabellos, ahí tampoco hay nada, te miras al espejo, abres la boca, rebuscas muela a muela, alcanzas a divisar hasta la glotis y cuando te hartas de no encontrar comienzas a sospechar que quizás si haces eso que se dice de abrir el alma o el corazón... Pero no. O que dejando de buscar, quizás... Pero tampoco.

Carnaval

Era carnaval. Un oso hormiguero contracorriente decidió disfrazarse de sí mismo. Vaya susto se llevaron los demás osos hormigueros que, año tras año, haciendo gala de su osado humor, salen en comparsa disfrazados de hormigas.

3200 jilgueros

Extendí los brazos y en una fracción de segundo liberé a 3200 jilgueros que se alejaron volando al unísono como si fueran un solo ser. Se elevaron durante un buen rato, subiendo y subiendo hacia un cielo más alto que el cielo y más azul que el cielo. Cuando alcanzaron cierta altura, se detuvieron en el aire, formando un círculo perfecto que sirvió de sol. La verdad es que hacía falta. LLevábamos soportando unos cuantos días de julio triste y nublado, así que por fin podíamos disfrutar de un poco de sol, aunque fuera de jilgueros. Brillaron, relucieron, resplandecieron con sus trinos, y su luz nos inundó de júbilo y alegría, e incluso algunos nos sentimos colmados de un optimismo inocuo, incomprensible, juvenil...
Hay distintas versiones sobre lo que ocurrió después. Unos dicen que fue una nube de urracas. Otros que un planeta de cornejas provocó un eclipse. Ahora el día vuelve a ser gris, amenaza lluvia, el sol auténtico sigue desaparecido, en el ambiente se percibe cierto halo de sospecha, inquietud y tirantez, y un niño se empapó hasta el calcetín al pisar un charco que él mismo había llorado por golpearse su otro pie con una piedra más dura que una piedra. Lo peor es que los 3200 jilgueros han regresado a casa, justo después de haberme pasado dos horas limpiándola y ya no me queda alpiste ni para mi propia cena.

Desencanto

"No quiero volver a verte nunca más. Al principio tenías gracia, completabas mis vacíos, comprendías mis sinrazones, desdoblabas mis paradojas. Pero ahora tu voz me parece un runrún estridente, repetitivo, me agota, me asfixia. Cuando te miraba, veía en ti algo que ultimaba mis principios, que limaba mis pliegues; pero ahora eres solamente aquello que odio de mí y no quiero tener en mi presencia. Hemos terminado".

Y dicho esto, tiró a la basura la caricatura que le habían hecho en la Plaza Mayor de Salamanca y que un buen día cobró vida.

Contra las Cuerdas

Se pidió una bicicleta para hacer equilibrios sobre las cuerdas del tendal de la ropa. No se sabe cómo se electrocutó con una de ellas. Sobrevivió, sí, pero ahora no se volverá a fiar nunca más de las cuerdas del tendal. Dice que la última vez que pasó cerca, una de las cuerdas trató de ahorcarlo. Jamás recuperará su bici, allí colgada, como para secar.

La Voz

-¿Quieres desayunar?- me preguntó en cuanto desperté. Fui consciente de la hermosura de su voz por primera vez. ¿Acaso no había hablado en toda la noche? Su voz era magia, y me había capturado sin apenas tiempo para presentar resistencia.
Y yo que había planeado escapar de allí en cuanto pudiera...
Y sin embargo, aquí estoy, desayunando, escuchando...

En el Último Instante

Iba caminando lentamente por el corredor de la muerte, pensando que al menos su destino pondría fin a su insoportable cansancio de días y días que caían en una taladradora cuenta atrás irremediable. Arrastraba sus pasos por el pasillo, haciendo sonar las cadenas que sujetaban sus pies, despertando a los presos de las celdas que flanqueaban su último pasillo. Era su manera de decir adiós. No dejaba nada atrás, nada tenía pendiente, ninguna esperanza, ninguna ilusión, la muerte lo esperaba y hacia ella se dirigía, sin ningún miedo, con toda la aceptación y conformidad de su resignado espíritu. Sus guardianes lo sostenían por los brazos, para custodiarlo y ayudarlo a avanzar, más por el cansancio que por ningún tipo de resistencia.
Ya casi había llegado al final del pasillo, cuando de pronto, de la última celda, surgió un brazo blanquísimo. De alguna manera, logró ver en la oscuridad de esa prisión unos ojos luminosos, doloridos, húmedos. Le decían adiós, pero también le animaban a vivir, y en cierto modo le pedían auxilio. Fue tan sólo un segundo, y sin embargo, a dos minutos de su muerte, se enamoró perdidamente.
- Mierda- murmuró. - Con lo bien que iba todo.
Dejó de sentir el cansancio en sus pies, sintió un absurdo carrusel de esperanza subiendo por su médula, el ruido de sus grilletes se hizo atronador y un segundo antes de que le aplicasen cierta cantidad de voltios en su cuerpo, pensó que había algo que acababa de aprender, cuando ya no esperaba más aprendizaje. Lo susurró como si fuera un secreto. Quizás alguien llegó a escucharlo:
"Cuanto mejor huelen las flores, más cerca estás de la tumba".

Amor Eterno

Ciegamente juramos ofrecernos amor eterno. A la larga, cuando vimos que el concepto de eternidad resultaba algo vago y farragoso, decidimos que valdría la pena mantener la promesa de amor eterno si le hacíamos un resumen. Así, deshaciéndonos de las redundancias, eliminando lugares comunes, y recortando cierto metraje prescindible, conseguimos un amor eterno más manejable y abarcable, de bolsillo. La idea cuajó entre muchos amantes y mercaderes, alguien tuvo la ocurrencia de ponerle un nombre francés y ahora venden "Amour éternel" en las perfumerías en pequeños frascos a treinta euros, y a cincuenta con un poco más de eternidad.

Un Buen Pájaro

- Eres un buen pájaro - me dijeron.
Sé perfectamente lo que me quisieron decir, no vayan a pensar. Vamos, me acusaban prácticamente de propagar la gripe aviar. Pero bueno, mis oídos hicieron caso omiso. Yo sé lo que soy y lo que no.
- Por ahora soy un chico - dije lleno de razón, dando media vuelta y dejando a mi acusación con la palabra en la boca. Al parecer, al salir tan dignamente de aquella habitación di un portazo que levantó cierta polvareda y algunas plumas que había perdido en el camino. A veces mi propio rastro me delata. Me cuido mucho de extender los brazos en público, no sea que accidentalmente inicie cierta elevación. Los pies siempre en el suelo.

El Tomate

Cuando se puso el calcetín, no se dio cuenta de que tenía un agujero y que por él salía el dedo gordo. A medida que el día avanzaba, la tela del calcetín se descosía cada vez más, el agujero aumentaba, hasta que finalmente era todo el pie el que entraba por ese orificio. En una suerte de irremediable tracción absorbente, cual agujero negro, tras el pie cayó la pierna y finalmente el cuerpo entero desapareció sin dejar rastro. Lo único que quedó fue un guiñapo de tela que por la mañana había comenzado siendo un calcetín.

Breves

Nada más llegar, el mes de mayo me ha saludado cordialmente y deseado una feliz navidad y un próspero año nuevo. ¿Significará eso que esta primavera voy a librarme de la alergia?

El príncipe le dio un beso y la despertó de un sueño de cien años. Y claro, ahora la niña ni duerme ni deja dormir. El café, ni probarlo.

Vivo en el octavo piso, así que cuando sube la marea no le queda más remedio que hacerlo en ascensor.

Mi hermano está dominado por la televisión. Ayer mismo fue ella quien lo apagó a él. En cambio, yo no me dejo avasallar por ella. En diez minutos cambié de canal trescientas veces, hasta que del mareo terminó vomitando en el salón. Después tuvo que poner carta de ajuste, ¡cuánto tiempo!

Tengo un estómago voraz. Por favor, no vuelvan a dejarme a solas con él.

Estracto de baba de caracol. 80 euros. Fenomenal para las arrugas. Efectivamente, nada más echarse el primer frasco ya estaba arrugado como una pasa.

La noche pasada soñé que mataba a mi madre. Me desperté de golpe, con un grito ahogándose en mi boca, temblando y empapado en sudor. Sólo había sido una pesadilla, pero tuve que levantarme y dirigirme a la cocina para comprobar que mi madre seguía en la jaula, esposada y amordazada como la había dejado.

Era un vegetariano concienciado. Por eso, su tercer deseo fue que los animales se extinguiesen, para que nadie los pudiera comer.

Ayer mi novia me sorprendió masturbándome delante de una foto de su madre. Bueno, en realidad quien se sorprendió fue ella.

Esta mañana he escrito un poema sin palabras. Se lo he enseñado a todo el mundo, pero no ha convencido a nadie. "¡Esto es sólo un folio en blanco! ¡Puede hacerlo cualquiera!" Sí, claro, una vez que lo he hecho yo parece fácil.

En medio del desorden ha aparecido debajo de mi cama un calcetín que sin duda no es mío. Estoy atento a ver si diviso su pie.

El barco se hundía irremediablemente. Los pasajeros se ahogaban, desesperados. De pronto, una voz lanzó un grito a la esperanza: "¡Tranquilos! ¡Arquímedes nos salvará!"

Alicia y Lucía discutían sobre qué parte del cuerpo es más importante para sujetar las gafas, si la nariz o las orejas. Se acaloraron tanto con la discusión que llegaron a los insultos y a continuación a las manos. La bofetada que Alicia le propinó a Lucía hizo que sus gafas saliesen disparadas, sin que la nariz o las orejas pudieran evitarlo.

Un cadáver. Seis sospechosos. Trescientas coartadas. No había duda, las coartadas habían caído encima de él y lo habían aplastado.

Allí no había nadie. Lo sé porque yo tampoco estaba.

Alto y Claro

Hablé alto y claro.
Las cosas no son así. Y lo mínimo que se puede hacer es actuar con un poco de sentido común y decencia. Si alguno tiene un problema, que lo diga, para evitarnos estas situaciones. Pero lo que no puede ser es que aquí, venga, cada uno por su lado y ya veremos lo que pasa. Ya está bien de esconder la cabeza debajo del ala, hay que dar la cara. Y respeto por los demás, no penséis que sois los únicos que se pringan, que aquí estamos todos a las duras y a las maduras. Que yo también me como los marrones, como todo el mundo, no penséis que me encanta venir aquí y soltaros el rollo. Y si alguno tiene algo que decir, que me lo diga a la cara.
Ni caso. Los pavos son los animales más estúpidos que conozco.

Una Historia Irrelevante

A la salida de nuestro universo existía una carretera llena de baches y agujeros negros que conducía a otro universo. Estaba algo lejos, no se vayan a creer, y la carretera no era buena, como digo. Vamos, que se tardaba en llegar. Este otro universo estaba dormido. Los planetas no rotaban ni hacían nada, las tiendas estaban cerradas y las estrellas apagadas. LLevaba dormido mucho tiempo. Cronómetro en mano, podríamos decir que llevaba dormido lo que los humanos computaríamos como "una barbaridad de tiempo", milenio arriba milenio abajo. Un día, o quizá una noche, pues aún no funcionaba nada, despertó. Seguro que nunca han visto despertarse a un universo que lleva dormido tantos años. Digamos que no estaba del todo despejado, ni de muy buen humor. Lo primero que hizo fue darle una patada a un meteorito. Hubiera sido un golazo, de haber ido más centrado, pero impactó en la cepa de un planeta. Empezamos bien. Y a continuación, debido a tantos años de siesta, bostezó tres veces. El primer bostezo, inmenso, provocó un tornado. El segundo, todavía mayor, causó un ataque generalizado de angustia. Y el tercero fue tan colosal, tan salvaje y descomunal, que el universo se engulló a sí mismo y nadie volvió a saber nada más de él. Se dice que entre nosotros vive el único superviviente de aquella autofagotización del universo vecino. Al parecer le tiene pánico a las aspiradoras.

Peligro

Uno de los ratones que viven en el desván de la casa de mi abuela ha aprendido a leer. Al contrario que los demás ratones, que se dedicaban a corretear de agujero en agujero, éste llevaba meses hojeando entre los viejos libros de texto de mi tío, entre antiguas revistas de mis padres y algún tebeo que yo ya había olvidado que estaba allí. De esta manera llegó a comprender el sentido de todos aquellos símbolos que se agrupaban formando palabras, frases, versos...

Los demás ratones, considerando que eso de la lectura era un peligro para todos, no tardaron en matarlo.

Fotochop

Se acercó sin hacer ningún ruido a Brad Pitt mientras éste dormía, y sin despertarlo, le robó esos hoyuelos que se le forman en la cara cuando sonríe. Aprovechó que Angelina yacía a su lado para, sigilosamente, robarle los labios, por supuesto.
Jennifer Lopez no sabría decir cómo ni cuándo le robaron su culo.
Uma Thurman denunció el hurto del azul de sus ojos al mismo tiempo que Julia Roberts el de su sonrisa. Todo apuntaba hacia la misma persona.
El plan de sustraerle la voz a Sean Connery funcionó a la perfección, al igual que el de apoderarse del carisma de George Clooney, la escotadura supraesternal de Kristin Scott Thomas, las piernas de Charlize Theron y un lunar que tenía Juliette Binoche.
El proyecto se completó cuando a Tom Cruise le robó la fe, a Kyle MacLachlan la barbilla, a Dylan McDermott las cejas (aunque se confundió y en realidad se las robó a Dermot Mulroney), a Colin Farrell el Colin, a John Travolta la chupa de los T-Birds y a Tom Hanks... bueno, a Tom Hanks no le robó nada.
A continuación, se puso manos a la obra, con pegamento, tijeras, paciencia y fotochop. Su trabajo, como pueden comprobar observando los carteles que se han colocado a lo largo de esta avenida, es intachable. Lo más impresionante es que con todo lo utilizado, el resultado final todavía se parece al candidato de nuestro partido.

El Amor Es Lo Que Tiene

La pasada noche, cuando llegué a casa y abrí la puerta de mi cuarto dispuesto a zambullirme en cama sin contemplaciones ni miramientos, descubrí lleno de estupor a mis zapatillas besándose.
-¡Desvergonzadas!- les grité. -¡Dadme un buen motivo para que no os eche de casa ahora mismo!
Las zapatillas se acurrucaron contra una esquina, bien apretaditas la una contra la otra, entre sorprendidas y avergonzadas de haber sido descubiertas. Traté de tranquilizarme y quise hacerles comprender que su romance no tenía futuro, pues no pertenecían al mismo pie, y a pesar de ser de la misma talla, la destreza de una no encajaba con la siniestralidad de la otra. Como vi que mis argumentos no llegaban a convencerlas, metí a una debajo de la cama y a la otra dentro de un armario. No estaba dispuesto a tolerar más flirteos.
A la mañana siguiente, cuando iba ya a enfundarme las zapatillas en mis pies, cuál fue mi sorpresa al descubrir que la que había dejado bajo la cama ya no se encontraba allí. Enfurecido, abrí de golpe la puerta del armario donde había enclaustrado a la otra, esperando encontrármelas allí dentro retozando, pero no, allí sólo estaban mis castas botas. No había ni rastro de ellas. No fue hasta que miré por la ventana que las vi, abrazadas sobre un cable de la luz, mostrando su amor a los cuatro o cinco vientos. Me hicieron un gesto de despedida, y salieron volando. El amor es lo que tiene. De vez en cuando las veo ir a posarse a la repisa de la ventana de mis vecinos, dos muchachos muy sonrientes que les dan pan y las contemplan embobados, cogidos de la mano, identificando en mis ex-zapatillas un reflejo de su propio amor.
Por lo que a mí respecta, que hagan lo que quieran. He cerrado la persiana y he bajado a la zapatería a comprar, esta vez, una sola zapatilla.

Fábula

A las cinco de la tarde, una pared se vino abajo. Le echaron la culpa a un caracol (suicida que encontraron entre los escombros).

martes, 21 de agosto de 2007

Between the Bars

Nadie sabe cómo llegó el señor García a esa situación. Se dice que estaba espiando a su vecina, lo cual todo el mundo da por sentado, y nos parece verosímil, conociendo al señor García, aunque eso no puede explicar completamente todo lo sucedido.
Fue la propia Susana, la vecina, quien lo descubrió.
- ¿Señor García? ¿Qué hace usted con la cabeza atrapada entre los barrotes que separan mi jardín del suyo?
El señor García quiso encojerse de hombros, pero su posición no se lo permitió del todo. Estaba arrodillado entre unos arbustos de su jardín, aunque su cabeza se encontraba por completo en el jardín de la vecina. El espacio entre las barras era inconcebiblemente pequeño, nadie se podía explicar cómo demonios había conseguido introducir la cabeza allí. A modo de excusa, logró decir:
- Estaba regando las flores y...
Cuando llegaron los bomberos, decidieron que de la misma manera que la cabeza llegó a introducirse allí, tendría que salir. El problema es que era inexplicable. No había manera.
- No se preocupen -trataba de tranquilizarles el señor García -hasta las nueve no empieza el partido.
La tranquilidad del señor García sorprendía a todos. Desde Susana, que era un manojo de nervios, hasta los bomberos, que no veían medio de usar sus mangueras, hasta un grupo de ingenieros, que veían inútiles todos sus estudios ante semejante dilema, se veían impotentes.
- Señor García -se atrevió por fin el jefe de bomberos,- me temo que tendremos que cortar el cuello.
- Comprendo su postura -dijo sonriente el señor García. -Usted tiene que hacer su trabajo, y yo lo respeto. No quisiera entrometerme, pero le quisiera sugerir que quizás podría ser más conveniente serrar un barrote, si no le parece mal.
La astucia del señor García dejó a todos anonadados. Desde ese instante todos los técnicos y peritos se desplegaron por la ciudad buscando herramientas que pudieran serrar el barrote. Mientras tanto, el señor García se mantenía impasible.
- No se apresuren. Empiezo a sentirme muy cómodo aquí.
Nadie se daba cuenta, pero en efecto, el señor García parecía estar a sus anchas con la cabeza encajada entre las barras. De hecho, nunca se había sentido mejor. De pronto, su atrapada cabeza se veía inundada de brillantes ideas. No me pregunten qué clase de ideas eran ésas, pero sin duda la clarividencia, la luz, el intelecto, la imaginación formaban ahora parte de su existencia. El señor García tenía respuestas, las tenía para cualquier pregunta que se hubiese formulado en cualquier parte del mundo y para todas aquellas que todavía estuviesen por formularse. Sus ojos lo abarcaban todo, sus sentidos traspasaban todo lo cognoscible hasta adentrarse en el terreno de lo esotérico, de lo inefable. Una flor ya no era una flor, sino una sombra, una metáfora de algo enorme, que por ser tan enorme, era invisible.
El caso es que cuando por fin un niño apareció con una sierra de pelo, el señor García ya había encontrado el medio de salir de allí por si solo, y todo el dispositivo de emergencia se retiró a casa, bastante decepcionado, hemos de admitir. Susana todavía se queja de que de vez en cuando ve la cabeza del señor García entre los barrotes que separan sus jardines, y que no hace más que espiarla. Nosotros sabemos que mete allí la cabeza para obtener un poco más de sapiencia.
- Yo sólo estaba regando la flores... -declara siempre el señor García.

Scratch

El día en que por fin recuperaron su libertad no paró de llover. LLovió tanto que cuando quisieron dar rienda suelta a su euforia celebrando la ruptura de sus cadenas, casi se ahogan en un charco. Ahora no se atreven a salir de debajo de una piel de kiwi. Y no vean cómo pica la dichosa piel. Eso sí, se han organizado muy bien para rascarse los unos a los otros de modo que no haya ni una sola parte de sus cuerpos que no sea alcanzable con un sencillo movimiento de uña. Lo malo es que mientras rascan y son rascados no se dan cuenta de que ha dejado de llover... Quién sabe, quizás algún día volverán a recuperar su libertad y las condiciones meteorológicas no sean tan adversas.

BodyTongue

Un día descubrió que el tener la lengua tan larga tenía alguna ventaja. La podía usar como tabla de surf. La desplegó en toda su longitud, se montó en ella, y cogió la primera ola. Con la segunda ola ya hizo un tres sesenta, y con la tercera un tubo. Lo malo era la incómoda salinidad que detectaban sus papilas, así que decidió descansar un poco, salió del agua, extendió su lengua en la arena, y se tumbó sobre ella para tomar un poco el sol.

El Rito de la Esmeralda (Una historia de amor)

Me enamoré de ella perdidamente cuando la vi matar a un pato con un destornillador. Sus mejillas, teñidas de sangre, tenían el brillo de un rayo de sol sobre la superficie del océano.
Ella se enamoró de mí cuando, dejado llevar por la inercia, vomité a lo largo del sendero, dejando un reconocible rastro de atolondramiento y renuncia.
Desde ese instante, se estropearon muchas cosas, lo más grave, sin duda, las averías en mi soledad.
Un día, nos vimos las caras en el juzgado. Ella protestó firmemente y yo pedí un aplazamiento. Los abogados no arreglaron nada, aunque el relojero me dio ciertas esperanzas; mi despertador nunca será el mismo, pero algún día volverá a despertarme. Y después, yo a ella. He dejado sobre la almohada una solicitud por escrito para besarla sin permiso. Sus ojos verdes todavía dormidos me han dicho que siguiendo el rito de la esmeralda, la uña del dedo gordo de su pie izquierdo podría devolver al calendario los días que perderemos en llenar agujeros en nuestras pieles. Nadie ha dormido tan atento al rito como lo hago yo. Preparado estoy, sueño alerta, con las tijeras en la mano, con el beso en mi boca, con los agujeros en mi piel. He acordado que si algo fallase, me llamaría a mí mismo por teléfono, para trazar un nuevo plan. Ahora sus pestañas marcan los minutos, las mías las horas.
Y si esto no es una historia de amor es que les han engañado en la farmacia.

A medias

El oráculo le dijo que era medio-inmortal. Vivir con semejante incertidumbre acabó por dejarlo medio muerto, a medio camino de cualquier cosa.

Stand-By

Su vida era una mierda, pero lo peor no era eso, sino que lo iba a seguir siendo hasta el final. Lo vio tan claro que en ese instante sintió que dadas las circunstancias no tenía nada que perder. Daba igual lo que hiciese, su vida no iba a dejar de ser una mierda por ello, así que al carajo con todo. Aprovechándose de la confusión, estiró una pata, hizo tropezar a unos cuantos, se deslizó entre la oscuridad, clavó un codo en unas costillas, tiró al suelo algunos vasos, embistió disimuladamente un vientre, empujó a las profesoras, lanzó a un camarero a la piscina, apuñaló a la mascota, arrancó al ujier su bigote postizo y pisó las gafas del conferenciante hasta lograr abrirse paso hasta ella. Entonces estiró los labios lo máximo que estos podían dar de sí, y la besó. Era evidente que nada bueno podía salir de este acto, pero ya no le importaba nada, nada más que prolongar ese momento cuanto más, antes de sentir algún puño en su cara.
Justo un segundo después de que se oyeran las sirenas del coche de bomberos, se paró el mundo. Nunca había sucedido antes, así que no puedo decir si el beso tuvo algo que ver con ello o no. La música dejó de sonar, se secaron las fuentes, se borraron los relojes, se helaron las sonrisas. Nadie regresó a casa esa noche. Un perro se quedó con su ladrido en la boca. Los espejos se agotaron. No es que nada se hubiera terminado, simplemente se quedó en un eterno stand-by.
La verdad, ni en sueños se podría imaginar que su beso iba a durar tanto. Luego el mundo continuó, claro, porque eso del eterno stand-by no existe, y mucho menos los besos eternos para alguien cuya vida iba a seguir siendo una mierda, como ya he dicho.

De Penumbra en Penumbra

La pasada noche vi a un fantasma, a un muerto viviente y a un vampiro. No sé si se ocultaban, pues su proceder suele ser huidizo, siempre da la impresión de que se esconden entre las penumbras aunque no sea así. A mí no me costó demasiado identificarlos. El fantasma dejaba un pegajoso e inconfundible rastro de tristeza por los suelos que brillaba más allá de toda duda. Al muerto viviente lo delataban sus ojeras y su andar cansino por el exagerado insomnio. Al vampiro pude reconocerlo porque trataba de apagar algún ansia mordisqueando las paredes de las casas mientras cantaba Delilah.
Sin dudarlo, me uní al grupo. Me aceptaron amistosamente, pues no tengo ninguna dificultad en hacerme pasar por cualquiera de ellos, y continuamos la noche evadiendo nuestras siluetas, de penumbra en penumbra.

La Marcha Atrás

Haciendo acopio de toda la imprudencia que fui capaz de reunir en un instante, di marcha atrás sin mirar. A mis espaldas bien podría haber un precipicio que no me importó nada. Mi pie se mantuvo firme en el acelerador y mis ojos mirando obcecadamente al frente. Luego regresó el sentido común y mi juicio pisó el freno, deteniendo el coche en seco. No hubo trágicas consecuencias derivadas de mi temeridad, aunque se ha de tomar nota de que algún que otro incauto se llevó un buen susto. Con toda mi serenidad de vuelta asumiendo el control de mi conducción, proseguí el trayecto, dispuesto a no cometer ninguna otra tropelía al volante.
Entonces recordé una historia que no supe muy bien de donde salía acerca de una mosca que siempre volaba marcha atrás. No fue hasta mucho más tarde cuando me di cuenta de que era un relato de Julio Cortázar, y de que la mosca no volaba marcha atrás, sino cabeza abajo. Sin duda, se trataba de otra mosca, pues volar cabeza abajo se puede asumir como una frivolidad, pasatiempo, o concepto estético, y desde luego carece del instinto suicida que tiene el vuelo marcha atrás. Comprenderán que no tiene nada que ver. En ese momento mi memoria quiso hacer una reinterpretación del relato, como suele hacer con todos sus recuerdos, reescribirlos a su antojo y para su propia conveniencia, como el Gran Hermano que sin duda trata de ser. La mosca de mi vuelo no tenía ningún criterio, ni siquiera un cuello muy elástico que le permitiese entrever el camino. No era de extrañar que su destino fuese estamparse contra una inmóvil ventana, y dicho y hecho. Su colisión pasó inadvertida para casi todo el mundo, excepto para un grupo de moscas que decidió homenajear a la accidentada compañera emulando su vuelo. Así, durante unos minutos, un centenar de moscas optó por volar marcha atrás aún a riesgo de terminar como su predecesora. Y claro, así fue. Sus diminutos cuerpos terminaron espachurrados contra el parabrisas de mi coche. Su infausto acto no conllevó ninguna otra trágica consecuencia, aunque ha de anotarse que yo, pobre incauto, me he llevado un buen susto.

LLorona

Era una profesional del llanto. Lo lloraba todo. Decían que en condiciones normales lloraba 22,4 litros.
Una vez, en un descuido, se quedó sin llanto. Hubo un terrible momento de confusión, pues no sabía dónde buscar ni qué otra cosa hacer. Ante este despropósito, le entró tal congoja y desconsuelo, que no pudo (ni quiso) contener las lágrimas.

Ofuscados

Arcadio y Braulio regresaron a su pueblo natal veinte años después, para recordar viejos tiempos. Caminaron calle arriba y calle abajo, atravesaron las viejas plazas y cruzaron las estrechas avenidas. No reconocieron nada, no hubo ni un lugar que les trajese alguna memoria del pasado.
-Esta ciudad no es la de antes. Ha cambiado muchísimo en veinte años.
La verdad es que el pueblo no había cambiado ni un ápice. Todo estaba exactamente igual que siempre. Pero hay que reconocer que Arcadio nunca tuvo muy buena memoria y que Braulio no solía fijarse mucho en su ciudad.

Catalina pensó que había descubierto al amor de su vida. Después tuvo que admitir que lo que había descubierto fue el método Stanislasvski.

Demetrio había hecho su sueño realidad. Ya había reunido el grupo y conseguido que sonase bien. Las guitarras estaban conjuntadas, el sonido era limpio, el batería estaba loco... Sólo le faltaba el nombre del grupo. Tenía que ser original, fresco, que se recordase. Entonces tuvo un momento de gran inspiración y lucidez. Lo tenía. Se llamarían Creedence Clearwater Revival.
Qué puedo decir, se le ocurrió la idea a él solo, pero...

Ayer Epicúreo vio El Padrino. Le gustó tanto que pensó que ojalá hiciesen la segunda parte.

Cuando Filomena murió se llevó un disgusto. Estaba tan decepcionada y tenía tal berrinche que cuando le ofrecieron una resurrección se negó:
-No quiero pasar otra vez por esto. Esmérense con mi ataúd.

Cuando Gumersindo escuchó aquella canción exclamó:
-¡Qué buena la última canción de U2!
En realidad era una vieja canción de Simple Minds, muy mala.

Hacía tiempo que no iba a Santiago y tenía muchas ganas de ver la catedral. Encontré un sitio para aparcar en la Alameda y decidí ir andando desde allí. Intenté encaminarme por las calles que recordaba de las últimas veces que había visitado Compostela, así que puse en marcha mi sentido de la orientación para llegar cuanto antes al Pórtico de la Gloria. Calle arriba, calle abajo, calle que no me suena de nada, callejón sin salida. Por supuesto que no soy de los que preguntan cómo se va a ninguna parte, ni de los que admiten que se han perdido. Tardé tres horas y media en llegar a la Catedral. Desde luego, la habían cambiado de sitio.

María se fue

María se fue. Mario se ha quedado solo. Ayer hablé con él, no entiende nada, está en shock. Me contó que no sabe qué ha podido pasar, que jamás hubiera sospechado que se iría. Era algo absolutamente inexplicable, inaudito. Entonces me confesó entre lágrimas su terrible secreto.
-Yo leía la mente de María. Tengo ese poder. Siempre sabía lo que pensaba, y te aseguro que esto no estaba en su cabeza. Todo esto se me escapa, no es comprensible. ¿Cómo puede ser?
En cuanto me lo contó, lo tuve claro. Mario nunca supo leer entre líneas, y solía saltarse la letra pequeña.

Paciencia

La paciencia es mi virtud. Siempre me lo dicen, que dios te la conserve, y no sé qué del santo job (yo de santos no sé nada). Derrocho paciencia por los poros y las escamas. A veces. Porque hubo un día en que me encontré un calendario de 1999 y otro de 2010, y a decir verdad, no tuve paciencia con ninguno de ellos. Y no es que viniesen con ningún error, todo en orden, traían consigo sus doce meses, sus festivos, sus lunes cabrones y sus huesos intactos. Sin embargo, 1999 comenzó a hablar, a rememorar nostálgicamente y yo no pude más que darle una patada y enviarlo atrás en el tiempo al lugar que pertenece. 2010 comenzó a prometer y a amenazar a partes iguales, se puso un traje de clarividente farsante y vuelta de la esquina. Resistí sus informaciones un rato, pero pronto mi paciencia dio con la puerta en sus narices de oráculo impertinente.
Eso sí, miro el reloj embelesadamente, pasa un segundo, otro segundo, y después... otro segundo. Tic. Tac. Tic. Tac.

Bravo, Katiuska

-¡Adivina qué voy a sacar del sombrero! -gritaba Katiuska, exhibiendo una sonrisa de genuína excitación.
-¡Un gato siamés! -respondía Pretérito con la misma sonrisa y mismo ánimo.
-¡No! ¡Un ramo de gladiolos! -exclamaba Katiuska mostrando orgullosa las flores.
-¡Bravo, Katiuska!- aplaudía Pretérito.
La cantinela se repetía una y otra vez. Katiuska lanzaba su invitación como si fuera lo más impresionante hecho nunca.
-¡Adivina qué voy a sacar del sombrero!
Entonces Pretérito decía cualquier objeto, el primero que se le pasase por la cabeza, y a continuación Katiuska sacaba por arte de magia algún objeto de su misterioso sombrero, y Pretérito aplaudía alegremente diciendo invariablemente:
-¡Bravo, Katiuska!
Siempre era así, pero era hermoso verlos, siempre sonrientes, siempre apasionados con su acto.
-¡Adivina qué voy a sacar del sombrero!
-¡Un triciclo rojo!
-¡No! ¡Un despertador estropeado!
-¡Bravo, Katiuska!
El hecho de que Pretérito nunca acertase no pasó desapercibido. Muchos decían que era imposible acertar, habiendo tantos objetos que Katiuska podía sacar de su sombrero. Pero algunos empezamos a sospechar que en realidad Katiuska siempre sacaba algo diferente de lo que Pretérito decía con la intención de que nunca acertase. Estas sospechas fueron tildadas de malintencionadas y sin fundamento por los defensores de Katiuska. ¿Cómo iba Katiuska a jugar tan suciamente? Tenía la cara más angelical que se podía imaginar, ningún acto de maldad podía salir de ella. No había más que escucharla decir esa frase, con toda su alegría, ingenua excitación y ausencia de malicia:
-¡Adivina qué voy a sacar del sombrero!
Lo decía como si verdaderamente desease que Pretérito lo adivinase. En cuanto a Pretérito, la verdad es que él tampoco parecía pensárselo dos veces a la hora de responder:
-¡Un gusano de seda!
La sonrisa de Pretérito seguía imperturbable cuando Katiuska sacaba del sombrero cualquier otra cosa.
-¡No! ¡Una caracola!
-¡Bravo, Katiuska! -aplaudía Pretérito, sinceramente, y tan contentos se preparaban para una nueva intentona.
Yo fui testigo de ese día en el que las sopechas aumentaron. Algunos prefirieron obviarlo, pero muchos otros recordaremos siempre lo que sucedió aquel día. Una vez más, Katiuska rompió el hielo con sus famosas palabras:
-¡Adivina qué voy a sacar del sombrero!
-¡Un cocodrilo! -aventuró Pretérito. Entonces, dos o tres segundos de silencio interrumpieron la rutina. Katiuska se sintió extrañamente confusa y todavía tardó un par de segundos más rebuscando en su sombrero.
-¡N-No! - balbuceó. -¡Un plato de sopa!
-¡Bravo, Katiuska!
Algunos juraron ver cierto estupor oculto en el rostro de Pretérito al decir estas palabras, otros afirmaron que se notaba que el plato de sopa estaba recién hecho e improvisado a última hora, y otros llegaron a decir que pudieron ver algún diente de cocodrilo a punto de salir del sombrero. Sin embargo, pasaron los años, y jamás se pudo confirmar sin lugar a dudas que la actitud de Katiuska al sacar objetos del sombrero fuese deshonesta. Pretérito jamás se quejó de nada. Todavía hoy, gastada por el paso de los años, pero prácticamente con el mismo entusiasmo de siempre, se puede escuchar la voz de Katiuska retando:
-¡Adivina qué voy a sacar del sobrero!
-¡Un tazón de chocolate! -responde Pretérito, con voz todavía alegre, pero con inconfundibles matices de cansancio.
-¡No! ¡Un pijama sucio!
-Bravo, Katiuska.

Oh Sweet Nothing

Gran fiesta y borrachera para celebrarlo. Rebosó euforia e incredulidad hasta contagiar a todo el mundo que lo rodeaba. Allí estaban todos con él, felicitándolo, alegrándose por su éxito, a pesar de que ellos no lo habían logrado. Después de todos esos años de biblioteca, de tragarse sus propios hígados de tanto madrugar y tantas horas frente a los libros, por fin ÉL lo había conseguido. Quizás se sentía un poco culpable, porque quizás había tenido un poquito más de suerte que los demás, porque sabía que en el fondo alguno de sus amigos se había esforzado un poquito más que él...
Pero él era el héroe, y si él había ganado, la victoria era de todo el equipo. En la siguiente convocatoria vais vosotros, les decía, casi con lágrimas en los ojos. Atrás quedaban ya todos esos nervios, todas esas palabras que tanto había odiado: práctico, temas, encerrona...

Tomó posesión de su plaza, y durante un año trató de adaptarse a su nuevo trabajo e intentar hacer de él su rutina. De vez en cuando, seguía viendo a sus compañeros de fatigas opositoras, que seguían conspirando en la biblioteca en busca de sus pasos. Les daba ánimos, un poco sucios de condescendencia, con una confusa mezcla de alivio y nostalgia.

Cuando recibió el aviso se echó a reir. Miembro del tribunal para las próximas oposiciones. Pero pronto lo lloraría todo. Por delante de él pasaron sus amigos, tratando de comunicarle ideas con las que un día estuvo embotellado. Sudores fríos de ida y vuelta. Alguno le sostuvo una mirada de complicidad que le llenó de pavor. Era como verse a sí mismo intentando convencerse de que yo soy igual a yo mismo. Qué frustrante ver todos esos espectáculos, no tan diferente del suyo propio un año antes, que sin embargo estaban condenados a la nada.
Qué fraude soy, pensó. Qué fraude es todo.

En los días que siguieron recibió mil llamadas a las que la vergüenza no le permitió responder. El curso siguiente comenzó de la misma manera que acabó el anterior. Alguna vez pensó que quizás podría pasarse por la biblioteca para dar algún ánimo esporádico, pero jamás volvió a hacerlo.

El Ataque de las Palomas Borrachas

El concejal afirma que eran las tres de la tarde cuando se produjo el fallo en el suministro por razones que todavía están siendo investigadas. Testigos presenciales confirman que a esa misma hora la fuente de la Plaza de Armas comenzó a surtir vino en lugar de agua. En ese momento, según los testigos, había solamente dos palomas en las inmediaciones.
A las tres y diez, aproximadamente una docena de palomas rodeaban la fuente, se aglomeraban, se atropellaban las unas a las otras intentando hacerse espacio, se embadurnaban del rojo líquido, lo escanciaban empapando el suelo, y se embriagaban con un alborozo casi orgiástico.
A las tres y media, casi un centenar de palomas conquistaba la fuente de la Plaza de Armas. Algunas, absolutamente teñidas de rojo, trataban de organizar a un pequeño grupo de media docena para salir volando hacia algún objetivo que no podemos concretar. Ciertas personas atestiguan que se pudo ver a un puñado de aves aleteando torpemente hacia el capó de un coche sobre el que hicieron varias deposiciones. Mientras tanto, un grupo más agresivo alzó el vuelo hacia los transeuntes y golpearon con sus alas a un anciano y un guardia municipal. A las cuatro menos cuarto, dos palomas visiblemente ebrias, posiblemente las dos que empezaron los tumultos, volaron hasta las ventanas del ayuntamiento y se introdujeron en una de las salas, ensuciándola y provocando varios destrozos en su interior. Por lo visto, sus intenciones eran alcanzar los peces de colores de un acuario, aunque al parecer no lograron sus objetivos.
En el exterior, las palomas que continuaban bebiendo, comenzaban a gorjear consignas anti-mamíferos, a conjurarse para nuevos ataques y a conspirar actos subversivos.
A las cuatro en punto se logró solucionar el problema con el abastecimiento de agua, y la fuente de la Plaza de Armas dejó de suministrar vino. Efectivos de las fuerzas de bomberos usaron sus mangueras para rociar a un grupo de palomas especialmente encolerizadas, y esto puso fin a la revuelta.
Poco a poco, a las palomas les fue invadiendo un estado de sopor y durante cierto tiempo se las pudo ver atontadas o yaciendo en las aceras. Los miembros del ayuntamiento identificaron a las responsables de los principales disturbios y tras meterlas una hora en una jaula, tiempo en el que se les pasó la resaca, las dejaron libres.
Siguen sin conocerse las causas del error en el surtidor de agua. Por su parte, un portavoz de las palomas declaró lamentar lo sucedido, aunque no condena ninguno de los actos vandálicos llevados a cabo, y que en ningún caso las palomas dejarán de rondar los aledaños de la fuente de la Plaza de Armas.

Sin Cabeza

Si hay una escena que siempre me impresiona verdaderamente es la de ver correr a una gallina sin cabeza. De pequeño vi estamparse contra la pared el cuerpo descabezado de un pollo, y no salía de mi asombro. Mil preguntas se aglutinaron en mi boca, incapaces de salir: ¿estaba vivo o muerto ese mutilado animal? ¿A dónde creía que iba, así sin poder pensárselo? ¿Le dolía? ¿Era capaz de asumir el hecho de que le faltaba la cabeza?
Todavía recuerdo esa escena muchas veces, especialmente en días como hoy. Hoy he salido a la calle, y aunque mis pasos eran rápidos y firmes, carecían de la continuidad lógica del destino. De pronto, todas esas preguntas acerca de la gallina se aplicaban a mí con toda pertinencia. Y en ese instante, celebrando mi tendencia al zig-zag insensato, quizás por estar cerca de su propia pluma, he sentido una gran compasión por las gallinas sin cabeza.

El Ladrón de Poemas

Una vez di un recital de poesía. No tuve mucho éxito, a decir verdad. Tuve poco público y me hicieron poco caso. Me sentí todo un incomprendido, lo cual siempre viene bien, es un buen epíteto, una buena etiqueta, una gran excusa. Cuando abandonaba la sala del recital, rogocijándome en mi lamento, en mi soledad e incomprensión, una silla cruzó el aire del escenario inexplicablemente e impactó terriblemente en mi cabeza.
Durante el rato que estuve inconsciente, tuve una revelación que eclosionó con una evidencia perturvadora. Pude verme con nitidez asistiendo a un recital de poesía, en el que sorprendentemente, el poeta leía poemas que había escrito yo. De alguna manera, este presunto poeta había irrumpido en mi habitación o en mi cerebro y se había apoderado de mis creaciones. No supe cómo reaccionar en seguida, así que soporté aquel acto hasta el final, escuchando todos mis poemas recitados por un vil ladrón. Cuando el recital terminó, aguardé un instante a que el poeta se dirigiese hacia la salida para lanzarle una silla a la cabeza.
Todavía me duele un poco. Me dieron cinco puntos de sutura, pero ya estoy mejor.

Fórmula

Me he cortado el pelo, y ha sido revelador. Han quedado expuestas y más visibles que nunca mis poderosas ojeras. Son como las de un murciélago lleno de remordimientos. Mientras permanecía silencioso sentado en la silla del barbero y la caída de mi pelo daba paso al protagonismo de mis bolsas oculares, descubrí que ahora lo tenía sencillo para intentar averiguar mi edad de una vez por todas. Mis ojeras delatan mis años como los círculos interiores de la corteza de un árbol revelan los suyos. Sólo hay que aplicar una sencilla fórmula.

EDAD= OJERAS/CANSANCIO

Escruté mi nivel de cansancio, medí y sopesé el tamaño y grosor de mis ojeras y realicé la operación. Con unas ojeras de 3600 mississippis cúbicos en cada ojo y un cansancio de cuatro órbitas en cada pierna, me sale una edad de 900 mississippis por órbita, o sea, 900 años.
Con semejante edad, el peso de las ojeras en mi rostro y mis agotadas piernas tropezando con mi oscuro destino, salí de la peluquería deseando que el pelo me crezca rápidamente y disimular todo lo posible.

Insomnio

Por un momento creí que lo estaba consiguiendo, que mis ojos se cerraban, que me invadía el sueño y me acogía el descanso que tanto necesito. Durante un segundo me hice la ilusión de que esta vez sí, dormía. Pero no. No sé cómo, tan sólo lo estaba soñando.

Doce relojes y ninguno funciona bien

Hoy casi me descubren. He tenido un pequeño descuido, y ha faltado muy poco para que todo se viniese abajo. Mi elaboradísimo plan siempre pendiendo de un hilo se tambaleaba como un boxeador al borde del knock out, y durante unos segundos, he de admitir, me sentí derrotado, a punto de confesar cualquier estupidez.
No recuerdo cómo, he salido del aprieto, quizás sujetándome a una cucharilla, quizás recitando a Shakespeare (últimamente parece ser mi solución para todo). He aparecido en cuclillas en el cuarto de baño, y de pronto me he sentido a salvo, aunque el resto del día lo he pasado oculto tras un papel de periódico al que le había hecho dos agujeros para otear el horizonte o respirar.
Mientras escribo estas palabras, todavía trato de inventar excusas e idear estrategias para eludir lo que prácticamente se me antoja ineludible. Porque lo sé, mañana sucederá lo mismo, y esta vez, no sé si fingir un desmayo servirá. Quizás si me disfrazo de problema todo el mundo me evite, y hasta yo mismo me evite, y tan sólo con dar un pequeño rodeo a la rutina pueda una vez más escabullirme entre las paredes, las grietas, los minutos del día.
Pero cuánto tiempo podré continuar así, con todos mis actos equilibristas, sublimando una discreción imposible, construyendo un refugio de surrealismo arquitectónico cada vez que doy las gracias. En cualquier instante estornudaré, o diré buenos días, y me desenmascararán con la facilidad que se puede desenmascarar a un semáforo en un jardín botánico.
Espero que mañana, y el resto de los días hasta que vuelva a ser hoy, aparezca un transatlántico que me sirva como excusa, o se estropee un cosmos, o nos demos cuenta de que hay doce relojes y que ninguno funciona bien. Atrasa, adelanta, tartamudea, cojea, duda, patina, contradice, se abstiene, hace flash-backs, hace elipsis, insulta, dinamita. Sólo me queda desear que todo esto suceda mañana, y si no es así, yo me encargo.

Pseudismo

LLego tarde una vez más. Y esta vez, es más doloroso y humillante que nunca, pues lo tenía todo dispuesto y ordenado. Se ha venido abajo por cuestión de segundos.
Unas horas dedicadas a la noble tarea de la pseudoreflexión, de la pseudofilosofía, habían bastado para enunciar un set de pseudoteorías que resolvían los entresijos más inexplicables de la condición humana. Un par de horas más, utilizando un sano ejercicio de pseudohipocresía, y ya había sido capaz de desarrollar un pseudoteorema que lo resumía todo en una ecuación comprensible y abarcable. Y aquí estaba, la explicación a todos los quebraderos de cabeza del ser humano desde sus orígenes:
AMOR= LUJURIA + LITERATURA
Varios sabios y científicos mostraron su aprobación a esta teoría, que no obstante, resultó no estar exenta de controversia. Unos pocos pseudorománticos se opusieron a esta fórmula alegando que el amor difería cualitativamente de una adición lujuriosa y literaria, que había algo en la esencia del amor que iba mucho más allá de cualquiera de estos dos componentes.
Cuando ya estaba a punto de patentar y demostrar mis teorías en las revistas más cualificadas del ámbito científico e incluso en este blog, apareció un precipicio. Me lo tomé muy racionalmente, pero para mi sorpresa, pude comprobar que el precipicio conllevaba en sí mismo una caída, como si no pudiera desligarse una cosa de la otra. En ese instante, vi una oportunidad de demostrar mis teorías en carne propia, usarme a mí mismo como conejillo de indias, un nuevo mártir de la pseudociencia.
Para mi desesperación, todas las conclusiones de mi pseudodiscurso comenzaron a contradecirse. En ninguna parte encontré prueba alguna que pudiese confirmar ni una sola de mis palabras. Lo que sentía en mis carnes eran parámetros que si bien a ratos se asemejaban levemente a la lujuria o a la literatura, se parecían mucho más a un hormiguero, al vértigo y al insomnio, a la pubertad y a la demencia. Promulgué alguna nueva fórmula:
AMOR= LUJURIA + LITERATURA + HORMIGUERO + VÉRTIGO + INSOMNIO + INFANCIA + LOCURA - CALMA
Pero cada vez que exponía una teoría nueva, un sarpullido en mi piel recalcaba que allí había un error, que no era capaz de descifrar ni precisar absolutamente todos los términos de la ecuación. Nubes, lunas, exorcismos, náuseas, lágrimas, carcajadas, ansiedades, esperanzas, pánicos, electricidad, energía nuclear, elementos que aparecían y desaparecían imperceptiblemente y que yo era incapaz de calibrar. Desesperado por partida doble, admito mi gran derrota.
Un segundo antes, tenía la solución al tiempo y el espacio. Un segundo, y todavía estoy cayendo al vacío.

Tiempo Perdido

Hoy he perdido dos horas, entre las tres y las cinco, buscando otras dos horas que perdí ayer. Finalmente las he encontrado, escondidas entre unos minutos de sopor, y las he guardado en un cajón de la cocina. Las usaré mañana, para invertirlas en buscar las que he perdido hoy.

Luces y Sombras de Manhattan

Éramos demasiado jóvenes para entendernos unos a otros, para comprender dónde encaja el compañero y dónde no, para dejar de llevar a cabo cualquier idea que surgía sin tener siquiera nombre, siendo tan sólo un esbozo, una chispa, quizás loca, sin sentido, peligrosa, pero no importaba, de cabeza embistiendo y con los ojos bien cerrados que nuestra juventud lo permite todo compañeros, tan sólo cuando seamos viejos como ahora y todos nos conozcamos y todos lo conozcan a él porque es ya más grande que la vida, con más años, con más dinero, con más cosas olvidadas, entre ellas tú, y yo que lo quise tanto, sólo entonces entenderemos ahora entendemos el crimen el error tan grande llevarlo como hicieron sacando de casa al flaco pelirrojo con sus gafas nerviosas cayendo en el suelo, yo no quiero ir, ahora no puedo, tengo que cortar las uñas de los pies, pero no hubo clemencia, pues todos estábamos impacientes por saber como reaccionaba el refugiado de los libros en la noche las calles los bares de Manhattan, lo vas a pasar muy bien, ven con nosotros, y entró por fin como el camello en Groenlandia en el juego de las luces encendiéndose compulsivamente, apagándose con violencia, encendiéndose con violencia, apagándose compulsivamente, encendiéndose y apagándose violenta y compulsivamente, oh dios mío, qué mareo, empezaré a sangrar por los riñones si no salgo de aquí para leer algo de Wittgenstein, pero no era nada que el vodka y la lima no pudiesen solucionar, y tras ello un buen baile, mirad qué bien se mueve, quién lo iba a decir, y así toda la noche en lo que parecía una tortura nueva, cámbiale la vida a alguien, que disfrute, que lo pase bien, que se divierta, hasta que luego se pregunte qué es lo que fue de su vida anterior con la que siempre fue feliz, cómo puedo ser feliz ahora si esto es radicalmente distinto de todo a lo que yo hacía antes.
Comenzó a batir palmas nada más ver a María, tú tienes que ser la madre de mis hijos y de mis nietos, y se enamoró con tanta rapidez y decisión como nunca había hecho nada en su vida, yo escribo chistes para un programa de televisión, me inspiro en la filosofía de Schopenhauer, ella trabajaba en un zoológico, departamento de primates, lo que sin duda influyó en que se sintiese tan atraída por nuestro intelectual, pues bailaron agarradísimos toda la noche sin parar, solamente pararon cuando volvieron a poner la canción que sonaba cuando se conocieron, entonces no lo pudieron soportar más y fueron a los servicios del local a hacer el amor como nunca nadie lo había hecho en ese lugar, él tuvo que quitarse las gafas, ella tuvo que ponérselas, pelirrojo te quiero más que al chimpancé de la jaula doce, y desde aquella noche hacían el amor cada vez que escuchaban la canción, estuviesen donde estuviesen, lo que les costó que los echasen a patadas y medio desnudos de varios locales, aunque eso no les impedía acabar su acto desenfrenadamente en las calles de Manhattan, bajo la lluvia o la nieve, y bien pudieran caer meteoritos y el mismo cielo entero que nada les iba a impedir que se amasen bajo los acordes melódiocos de su canción, que es la canción más afrodisíaca del mundo, pelirrojo, la que nos unió y no permitirá que nada nos separe, y en cualquier lugar que la mágica canción sonase estaban las gentes atentas a la posibilidad de tener la suerte de ver a nuestra pareja de amantes, tanta fue la fama que adquirieron juntos con sus actos, pero no estaban juntos aquella noche en la que comenzó de repente sin que nadie se esperase ninguna canción, y mientras sonaba él gritaba dónde está María, por dios dónde está María, y en algún lugar María escuchando la canción gritaba por su pelirrojo, los dos como animales en celo desesperados buscándose por toda la ciudad, pero no estaban los astros ni los dioses de la lujuria dispuestos a que esa noche se encontrasen, y muchas noches más pasaron antes de que se encontraran de nuevo, tiempo sin ella, tiempo en el que a nuestro amigo le cambió el carácter y el humor, ya no escuchábamos sus chistes, sus palabras eran agrias, respondía de mal modo a nuestras invitaciones y deliraba de tal manera que nos aterraba cuando le hablábamos de María, espero que os muerda una manada de alacranes a todos, María no existe, fue una pesadilla que me hicisteis tener con esos brebajes que me dais, pero él no dejaba de beber su vodka con lima, emborrachándose una noche sí otra también y otra por supuesto que también, su hostilidad aumentaba cada vez que sonaba la canción de hacer el amor con María, la María de mi fantasía a quien amo tanto, que no es más que un personaje que creasteis digitalmente con un ordenador, vais a pagar por ello, farsantes, os arrancaré las pestañas a mordiscos, seguro que el mismo Kierkegaard lo aprobaría, y mientras tanto María también ciega de amor en algún lugar sin poder encontrarlo hasta que fue ya demasiado tarde para ellos, porque cuando se encontraron de nuevo ya había pasado de moda su canción, jamás volvieron a escucharla, jamás tuvieron esos momentos tan apasionados, jamás hicieron el amor otra vez con el éxito de tiempos anteriores en la barra de algún bar ante un atónito camarero, en las calles del Manhattan estrellado, en el asiento trasero de un coche, y por más que intentaron capturar otra canción que estuviese de moda, no fueron capaces de consumar ni un solo acto tan poderoso y lleno de energía y amor como los que tuvieron bajo el influjo de la mítica canción desencadenante de sus hazañas ya perdidas en el pasado, un pasado escondido tras tan sólo unas pocas noches, pero que ya parecía un pasado legendario, irrecuperable y portador de un amor perdido para siempre, que si bien ellos lucharon como bien sabemos que lucharon por mantenerlo y hacerlo florecer, éste se volvía cada vez más marchito, se debilitaba inexorablemente, perdiendo todo el color y todo el brillo que una vez tuvo y que tanta sensación causó, hasta que una definitiva y triste noche, pelirrojo no tiene más sentido que nos veamos que nos esforcemos de esta forma, fue realmente duro para cualquiera de los dos, las lágrimas no corrían por las mejillas sino que saltaban disparadas de los ojos como de una manguera, empapando todo lo que había alrededor, aguando las bebidas de todos, tienes razón, bien lo sé María del alma mía, esto no funciona, pero cuanto más hablaban de separarse más se juntaban, más fuerte se apretaban, y llorando y despidiéndose hicieron el amor como en los viejos tiempos encima de mi coche que me lo pusisteis perdido y hasta me lo abollasteis, así no os volváis a ver más, puercos, y así ocurrió, pues con esa despedida más y más lágrimas cayeron en las calles de Manhattan ya cubiertas de charcos lacrimales, y fue así que vimos aquel coche presidencial patinar con sus ruedas sobre la llorada carretera, deslizarse a toda velocidad sin control y estrellarse enérgicamente contra un edificio, muriendo todos los ocupantes, incluido el alcalde de Nueva York, que quién sabe qué hacía a esas horas por ahí, quizás fue a comprobar personalmente algo relacionado con un rumor acerca de exhibiciones pornográficas en vivo a ciertas horas de la noche en el barrio de Manhattan, rumores que quizás tuviesen sentido en algún tiempo, pero ya nunca más, porque las inundadas calles de la ciudad sin duda anunciaban el fin de un amor, a la vez que hicieron que el mejor coche de la ciudad se incrustase en uno de los más altos rascacielos, lo que llevó de pronto al pelirrojo del corazón roto a dejar caer su vodka con lima al suelo y a reaccionar como si despertase de un sueño, qué hago aquí perdiendo horas de lectura, bebiendo como una esponja, bailando y haciendo el amor al son de una música que no me gusta, matando alcaldes a causa de un amor loco, echó a correr y desapareció entre las luces y las sombras de Manhattan para no volver a aparecer jamás en nuestras vidas.
Cuando años más tarde apareció su primera película, algunos se dieron cuenta del error que habían cometido sacándolo de sus libros, pues eran evidentes los desastres que ocasionaría el que continuase alrededor del mundo del vodka con lima, algunos se alegraron de que aquella noche huyese rápidamente sin volver la vista hacia aquel coche destrozado en el medio de la ciudad, y después de mucho tiempo, veinte películas más tarde, todos celebramos no haber tenido éxito en introducir en nuestras noches de Manhattan al pelirrojo neurótico ya tan famoso en el mundo entero, comprendiendo que el mundo se había salvado de terribles desastres, de que África se llenase de tigres, de que las palomas atacasen a los niños, de que los alcaldes muriesen aplastados, y por supuesto de que sus películas no existiesen, esas películas tan verdaderas y tan falsas como esta historia, ganadora del Arenque de Plata al mejor relato escrito dentro de un baúl.

Héctor

Héctor no se reía con ningún chiste. Yo al principio pensaba que se trataba de un tipo muy serio, y que sería mejor no andarse con bromas, pero en seguida supe que lo que en realidad le pasaba era que no entendía los chistes.
A medida que empezaba a conocer a Héctor, me fui dando cuenta de que era muy inteligente, y que no carecía de sentido del humor. Su humor era diferente, le hacían gracia las caras raras, los golpes, las tartas en la cara. Los chistes, simplemente, no los pillaba.
Me parecía tan extraño, que me empeñaba en contarle chistes, a ver si por fin lograba que los comprendiese. Pero no había manera. La cara de Héctor era de genuína confusión tras uno de mis chistes, no sabiendo si había terminado ya o todavía iba a continuar, pues de momento no había encontrado nada digno de gracia. Entonces yo bajaba los ojos con resignación, pero no me rendía. A veces, en plena desesperación, hacía lo peor que se puede hacer, o sea, explicar el chiste. Vamos a ver, la gracia radica en el juego de palabras, o en el hecho de que el personaje actuó de una manera inesperada. Héctor se quedaba callado, sin entender nada. A veces sonreía, para que no me sintiese muy frustrado, pero en su cara se veía que se preguntaba dónde estaría el problema de comunicación, si en él, o en mí, contando esas estrafalarias anécdotas sin sentido supuestamente dedicadas a hacerle reir. Finalmente, todo se resolvía si le hacía una mueca, pues entonces sí que reía abiertamente, pero si le contaba el chiste de la vaca, mi fracaso era total. Como puedo llegar a ser testarudo hasta el agotamiento, he de admitir que es probable que jamás le haya contado a nadie tantos chistes como a él. Pobre. Finalmente, tuve que aceptar mi derrota, y desistí.
Me asusta pensar que algún día suceda algo, se encienda una luz, estalle un cohete, surja una palabra en el viento, y que entonces Héctor lo comprenda todo. Oh, Dios, sólo espero no estar presente en ese momento, pues las cataratas del Niágara serán pequeñas comparadas con la inundación de carcajadas que se nos vendrá encima.

7 A.M.

El despertador suena, 7 a.m., me levanto de cama, y la espalda me duele hiperbólicamente. O eso creo. Me muevo un poco, y efectivamente, compruebo que es así, me duele hiperbólicamente que te cagas. En seguida descubro la razón. Ayer de noche estuve corrigiendo exámenes en cama y me quedé dormido encima de la calculadora. Ésta se me clavó en la espalda, y ahora me está pasando una patética factura. Patética, del griego "pathos", o quizás del latín "epathon", en cualquier caso está en mi espalda. Recojo la calculadora, y descubro que además de haber estado insertada toda la noche en mi espinazo, ha estado haciendo todo tipo de cálculos y operaciones acerca de mí, o al menos acerca de mi dorso. Los resultados hablan por sí solos, aunque yo no los comprendo.

5000 grados coraza
9000 grados escama
30 dinares y medio de espina
-2 escalones bajo el umbral del dolor
50 newtons de mi reflejo sobre un hombro
50 acres de proyecto sobre el otro
un 7'5 al último alumno que corregí

Dejo la calculadora en la mesilla al lado del despertador, creo que entre los dos traman algo para mañana, despertarme o calcular cuánto he envejecido durante el día.

Todos los Westerns Son Iguales (Odio a John Wayne)

Odio a John Wayne. Siempre fue un pésimo actor, supongo que en eso estaremos todos de acuerdo. Era incapaz de salirse de su eterno registro de duro vaquero desencantado, con su andar cansino, con su pañuelo azul en el cuello, sombrero tejano, y dos revólveres escoltando su barriga de avanzada edad. Sus películas nunca lograron despertar en mí ningún tipo de emoción, a decir verdad me aburrían bastante. Pero ése no es el verdadero motivo de que lo odie. Si su imagen logra causarme aversión, ya no sé hasta qué punto es culpa del propio John Wayne con sus interpretaciones, sus andares y actitudes, sus caballos y pistolas, o es quizá culpa de un cúmulo de circunstancias incomprensibles sumadas a mi tozudez, o a los malentendidos, o al cine en general.
Todo empezó cuando Sonia, mi novia por aquel entonces, insistió en que fuésemos a ver una película de John Ford en la Filmoteca del Fórum. Era “Centauros del desierto”. John Wayne la protagonizaba.
-¿Un western?- dije yo, lleno de escepticismo.
-Un western- volví a decir al salir del cine absolutamente derrotado por una película demasiado larga que no me había interesado lo más mínimo. Sonia veía la película por tercera vez y no podía creer que yo no estuviese entusiasmado por semejante obra maestra.
-Un western...- repetía yo a modo de justificación. Fue por ello que Sonia decidió insistir. Adoptó como misión en su vida el que a mí me gustasen los westerns, alegando que si no los apreciaba era porque llevaba conmigo ciertos prejuicios e ideas preconcebidas sobre ellos, pero que una vez libre de todos estos malos pensamientos podría disfrutar en plenitud del género cinematográfico más noble, poético y conmovedor.
Insistió con varias películas de los dos Johns, Ford y Wayne. Después nos pasamos a otros directores y actores, y tragué vaqueradas de gente cuyo nombre no recuerdo. Vi películas en las que el vaquero era James Stewart, Charlton Heston, o Robert Mitchum. Vi caballos, disparos y estrellas del sheriff. Vi indios, whisky y cactus en el desierto. Y no podía soportarlo. De repente Sonia se había convertido en mi torturadora; por todas partes veía hombres a caballo, cada persona que veía por la calle me daba la impresión de que llevaba un revólver con el que me iba a disparar al confundirme con un piel roja, y en mis sueños aparecía John Wayne apuntándome con su arma y riéndose de mí, como un grotesco fantasma empeñado en atormentarme. LLegó el punto en que me daba la impresión de que cualquier actor, fuera el que fuera, en realidad no hacía otra cosa más que imitar a John Wayne.
Sonia comentaba cada película a la salida del cine, de la que yo salía aburrido, triste y cada vez más espantado. Hablaba de películas de mirada crepuscular, de análisis de la soledad, de alegatos contra la injusticia, de sobrias y agudas reflexiones sobre la violencia. Y no era que yo discrepase con los análisis que ella hacía, incluso a veces podía intuir que tenía razón, pero.... era el desierto, eran los caballos, eran los revólveres, era esa música épica, era el omnipresente careto de John Wayne lo que me sacaba de quicio y me dejaba incapaz de analizar nada. Siempre me parecía la misma historia, los mismos tópicos, la misma película una y otra vez. Así pasaron docenas y docenas de películas. Sonia veía que yo no hacía progresos, creía que el western seguía dejándome indiferente, pero no veía hasta qué punto yo estaba sufriendo. Y ella no cejaba en su empeño; seguíamos entrando en la Filmoteca del Fórum, viendo películas que ya tengo confundidas en el cerebro en un maremágnum de actores a caballo que acaban confundiéndose en la imagen de un solo hombre: John Wayne. Vi películas de Gary Cooper, de Burt Lancaster, de Paul Newman, de Clint Eastwood... actores que no eran más que John Wayne para mí.

Hasta que un día todo acabó. Salimos de la sala tras ver “El hombre que mató a Liberty Valance” que no fue otro que John Wayne, al que acompañaban James Stewart y Lee Marvin, dirigidos por John Ford. Quizás sea una buena película (eso he oído decir), pero no para mí aquel día, en el que el rostro acartonado de Mr Wayne me obsesionaba y corrompía mi salud. Sonia comenzó como siempre su lección, explicando las razones por las que debería rendirme ante otra nueva obra maestra. Yo ya no escuchaba. El sol golpeaba con fuerza aquella noche, y mientras caminábamos por el desierto acercándonos a las montañas rocosas, yo pensaba en lo mucho que me apetecería ver una comedia.
-El personaje de James Stewart simboliza la civilización, mientras que el de John Wayne encarna el mundo...
Al entrar en el desfiladero las palabras de Sonia empezaron a ser respondidas por el eco. Agudicé mis sentidos. Mi instinto me dicía que no estábamos del todo seguros en aquel lugar. Me detuve. Miré a mi alrededor. Nada. De pronto dije:
-Sonia, me apetece ver una comedia.
-El western también tiene aspectos cómicos- contestó ella. –Pensé que te habías dado cuenta de ello.
El silencio en aquel lugar era sobrecogedor. Sobre nuestras espaldas podía sentir el peso de cientos de miradas procedentes de las rocas. En cualquier momento podíamos ser atacados.
-Sonia, corremos peligro. Los indios nos acechan.
-¿Qué?
-Escucha. ¿Ves algo tras aquella roca?
Los ojos de Sonia pasaron de la sorpresa a la decepción.
-Creo que capto la indirecta- dijo, entornando los ojos. Una flecha pasó rozándome la oreja. -¿Ni siquiera te gustó la película de hoy? ¿O “Río Bravo”?
-¿”Río Bravo”?- dije desenfundando mi pistola nerviosamente, -no estoy seguro, creo que la confundo con otra de otro río.... ¿sale John Wayne?
Sonia y yo nos resguardamos tras un pedrusco. Los indios comenzaban sus cantos de guerra.
-Mañana dan “La pasión de los fuertes”. Supongo que no querrás ir, ¿no?- dijo con desencanto.
-¿”La pasión de los fuertes”? –dije confundido, ¿no....no la vimos ya el viernes?
-El viernes vimos “Grupo salvaje”. No tiene nada que ver. Son películas completamente distintas.
El sol empezaba a ponerse. Cientos de flechas volaban afiladas hacia nosotros. Entonces dije la frase:
-Todos los westerns son iguales.
Ese fue el comienzo de nuestro distanciamiento. Cuando le dije que John Wayne se me hacía insoportable, ella se sintió la persona más decepcionada del mundo. Su misión había fracasado. Todas sus explicaciones no habían servido de nada, todos sus esfuerzos habían sido inútiles. Me dijo que sentía que estaba con una persona insensible que no era capaz de apreciar la poesía del western. Yo le respondí que así era. Poco a poco nuestra relación fue en declive hasta que por fin dejamos de vernos. Ahora cada vez que veo por la tele a John Wayne tengo la extraña sensación de ver a un viejo amigo que me robó la novia. Tengo motivos para odiarlo.

Tu Blog No Es Gran Cosa

Eran las tres de la mañana, y revisando un poco el blog debido al insomnio, descubrí este comentario firmado con el nombre que tanto me gusta encontrar: anónimo. Tras leerlo, no podía salir de mi asombro.
"Tu blog no es gran cosa. Sin embargo, por extrañas razones, cada palabra que en él está escrita, cada línea, cada verso, forma parte de mi ser, se ha convertido en réplica de mi existencia, es el eco de mis propias ansias. No sé como lo has conseguido, pero todos tus textos son reflejos de mis sueños de infancia, dices todo lo que en algún momento he pensado, y lo que es peor, todo lo que algún día pensaré."
Salvo por la primera frase, el resto bien. Tras la sorpresa inicial, la siguiente reacción fue no tomármelo muy en serio. Alguna broma. Seguro que algún amigo con ganas de hacer el chiste. Ya descubriría quién.
Casi lo había olvidado por completo cuando unos días después recibí otro comentario anónimo.
"Tu blog no es gran cosa. Pero es un puñal que se me clava dulcemente en las entrañas, depositando electricidades afiladas que se esparcen por mis arterias y se acomodan en los recovecos más privados de mi ser. Guardo tus palabras en el corazón, en el alma, en el útero. No nos conocemos, pero es como si te conociera de toda la vida. Tengo que decirlo: te amo."
Que no cunda el pánico, pensé. Tenía que tratarse de una broma. Si no era eso, sin duda se trataría de una psicópata (¡había utilizado la palabra útero!). Comencé a realizar investigaciones e incluso a aplicar el tercer grado a mis conocidos para averiguar si alguno de ellos era el responsable de semejantes mensajes, pero no obtuve resultado alguno. El tercer anónimo no tardó en llegar.
"Tu blog no es gran cosa, pero necesito conocerte".
A continuación había escrito el día, hora y lugar donde quería que se produjera la cita. Cuando llegó el día convenido, allí me presenté, un poco temeroso, pero con ganas de descubrir de qué iba todo eso. Por fin conocí a mi admiradora. La chica con el rostro más dulce que haya visto jamás me dio la bienvenida más calurosa que se puedan imaginar con tan sólo desplegar una sonrisa. Me ahorraré los pormenores de esa cita, así como de las siguientes, pero les diré que a pesar de mis primeras reticencias, viví unos días mágicos, felices, en los que compartí mucho más de lo que había compartido en toda mi vida. Ella era todo lo que siempre soñé, me hacía sentir tremendamente cómodo en su compañía, cómodo conmigo mismo. Fue toda una revelación, una inspiración para vivir, hasta para escribir, tras cada cita regresaba a casa en un estado de euforia y plenitud que me hacía sentarme frente al teclado y escribir como bajo los efectos de una musa generosa, derrochadora, talentosa. Después incluso conseguía dormir, dormir como hacía tiempo que no lograba, libre de insomnios, libre de inquietudes y malos pensamientos, en paz.
Tras unas semana de flotar entre las nubes, desperté en plena resaca, dándome cuenta de que, de alguna manera que todavía no sé explicar, había perdido el contacto con ella. No tenía ninguna cita concertada, no había modo de que pudiera comunicarme con ella, a menos que ella me dejase otro mensaje en mi blog. Pero pasaron los días, y aunque me pasaba las horas contemplando mi blog obsesivamente, no encontraba señales de mi admirada admiradora. Vuelta a las noches insomnes. Comencé a escribir textos en mi blog en los que sugería cuánto la amaba, en los que trataba de hacerle entender que quería verla, en los que prácticamente trataba de invocarla como si de un espíritu se tratase. Finalmente, apareció, para ponerle fin a todo. Su último mensaje, tan escueto como tajante, sonaba a bloque de hielo, a un viejo adiós.
"Tu blog es muy bueno. Gracias por todo".

Pompa

Casi siempre me despierto de madrugada. Enciendo la luz, bebo un poco de agua, miro el reloj y compruebo que todavía puedo seguir durmiendo, un par de horas más quizás. Esta noche desperté, encendí la luz y vi una pompa de jabón flotando en medio de mi habitación, siguiendo una lenta trayectoria ascendente. Bebí un poco de agua, miré el reloj, comprobé que aún podría dormir un par de horas, apagué la luz y volví a dormirme deseando que cuando despertara de nuevo la pompa en su camino ascendente se hubiese topado con el techo y hubiese desaparecido, para no tener que empezar el día pidiéndole explicaciones.

Sabotaje

Así no se puede dormir. Lo había hecho todo bien, posición encontrada, ojos a medio parpadeo de la rendición, y de repente, un siseo, una premonición, un ALGO que me devuelve a la vigilia total. Presto oídos a cualquier cosa. ¿Qué sucede? ¿Qué es eso? Lo oigo. Un murmullo, un deslizarse clandestino, un zumbido de fricciones procede de algún lugar. Investigo, rebusco en los rincones, hasta que lo encuentro. Todas las palabras por las que me he preocupado, las que he ordenado y moldeado, escogido meticulosamente y acomodado en cada línea, han decidido sabotearlo todo y organizar un caos ortográfico. Han cambiado sus "bes" por "uves", sus "elles" por "y griegas", han traído nuevas "haches" y han expulsado a las que había. En su meticuloso quehacer, dejan ese confuso ruído de palabra impronunciable que me ha despertado, y eso las delata. Ahora mis noches son las del vampiro corrector, que angustiado, repite una y otra vez todo su trabajo, tratando de enmendar tanto desaguisado, indignado ante la traición de sus propias creaciones. ¿Que tengo ojeras de no dormir? Pues no han visto las que llevo en el alma.

No me Hagas Sufrir, Coma

Un amigo me dice que tengo problemas con las comas. Y con los signos de puntuación en general. Él lee con atención lo que yo escribo y me lo dice: "A ti lo de los puntos y las comas no se te da bien". Y tiene razón. Soy tan consciente de ello que decido que muchos de mis textos no lleven ni un solo punto ni coma. Mi amigo se indigna y me dice que necesita pausas para respirar, que se pierde, que no sigue el ritmo... Pero más me indigno yo. Esas malditas comas son de lo más molesto. Me suele suceder que mientras leo una línea, así con la boca abierta, una coma se me incrusta en la glotis y me atraganto, me asfixio. La mayoría de las veces que me entra la tos, es por culpa de una coma. Los puntos son mucho más peligrosos, aunque admito que a veces la culpa es mía. Voy leyendo a demasiada velocidad, de modo que cuando se presenta un punto, no me da tiempo a frenar y me doy un golpe contra semejante señal de stop, provocándome múltiples heridas en los dedos y en la lengua. Y eso si no acaba el párrafo, y caigo al vacío dejado por el punto y aparte, sin posibilidad de sujetarme a ningún margen. Para qué decir nada de signos de puntuación como los dos puntos o el punto y coma, auténticos disparates arquitectónicos, nocivos, fabricados con la única intención de causar daño y contusiones. Abajo los signos de puntuación. El único que tolero son los puntos suspensivos. Sobre todo si son elásticos y acolchados. Tropiezo con uno, pero reboto en el siguiente, y caigo de culo en el próximo... y así podría pasarme todo el día... hasta que descubro ese tobogán que tiene el signo de interrogación. Podría pasarme la vida haciendo preguntas de arriba abajo.

Espejo

Me estoy volviendo loco. Estoy tratando de sacarle una foto a un espejo, pero éste no se deja. No hay manera de pillarlo desprevenido, siempre se las arregla para que en vez de salir él, salga yo, y además, zurdo, cuando yo siempre fui diestro.
Si me escoro, si me oculto bajo la cama y disparo mi flash desde allí, entonces consigo no aparecer, pero aparece cualquier otra cosa, lo que todavía da más miedo, pues allí dentro, en las entrañas de ese espejo aparecen objetos desconocidos, irreconocibles, indescriptibles, jarrones de los vecinos, butacas que habían desaparecido en el olvido, ceniceros de mis antepasados, animales extintos, y además, todos zurdos. Quizás mi cámara esté captando los recuerdos de ese espejo, reflejos pasados, tal vez de una memoria colectiva de todos los espejos, que solidariamente comparten información a través de una red mundial de espejos. Mi espejo tiene una especial debilidad por descargarse reflejos de muebles y animales. Me pregunto si envía mi imagen a algún otro espejo. Me pregunto por qué siempre falla mi hechizo de invisibilidad.

Muerdo

Estoy en baja forma. Por las noches, mientras duermo, siento -o sueño que siento- que me duelen las piernas. Adormiladamente, intento localizar el punto exacto del que procede el dolor, pero no soy del todo capaz de ubicarlo. Sospecho que proviene de un hueso que no tiene nombre, que sólo tengo yo. Cuando despierto, obras en mi cabeza, taladros, martillos, escavadora. Mi nariz en la olimpiada del estornudo. Un ojo se cierra se abre y se cierra a velocidad imperceptible contra mi voluntad. El espejo, honesto pero cruel, me manda a la mierda. Entonces muerdo, y en eso soy insuperable. La emprendo a mordiscos con las sábanas, con la lámpara, con las puertas y ventanas. Desde mi coche muerdo las luces rojas, y no se libran de mis mordiscos los guardias de tráfico y los conductores de las ambulancias. Entro a mordiscos en el aula, y echo -a mordiscos- a todos mis alumnos. Muerdo con los incisivos a las nubes, provocándoles la lluvia, a la que le clavo los caninos y a la que acabo de destrozar con los molares. Muerdo las colas de los perros, parto a dentelladas los bastones de los viejos, y nunca desaprovecho la oportunidad de incar el diente a los columpios del parque donde juegan los niños que huyen por si acaso. No hay quién me pare, muerdo hasta al mordisco, y al acabar el día y regresar a casa, muerdo cada escalón de mi edificio que subo con mis doloridas piernas, que tampoco puedo evitar mordisquear.

El Loco que Tira Monedas de Dos Euros

A veces las leyes del caos se confabulan estratégicamente y actúan con una precisión que sólo se puede conseguir desde la más absoluta arbitrariedad. La exactitud más rigurosa es siempre la más aleatoria.
Véanme este lunes, caminando por cualquier calle, quizás siguiendo cierto rumbo predeterminado, cuando a dos pasos veo una moneda de dos euros tirada en la acera. En cuanto me agacho para recogerla, la mano de una muchacha se adelanta a la mía, y los dos nos miramos sorprendidos, medio ruborizados ante semejante situación. Ella acaba por sonreírme, se guarda la moneda en el bolsillo, y ampliando su sonrisa hasta ocupar toda la manzana, me da un euro.
Véanla ahora a ella el miércoles, calle abajo, casi todavía recordando el asunto del lunes pasado, cuando a dos pasos divisa una moneda de dos euros. Tan pronto se agacha a recogerla, mi mano se anticipa a la suya, y nuevamente los dos nos miramos, atónitos, nos sonreímos, nos pasmamos, nos repartimos la moneda.
Vean este viernes una moneda de dos euros yaciendo en la calle, quieta, esperando a que una muchacha y yo nos encontremos y nos sonriamos, nos enamoremos quizás, porque qué otro sentido podría tener toda esta locura, toda esta broma cósmica, no hay más remedio que ella y yo perdiéndonos en las miradas, sonrisas, complicidades de monedas perdidas, todo un desafío de las constelaciones, de todos los perdedores de monedas del mundo.
De la misma manera que hasta tres veces el azar juega con nosotros, decide que nunca jamás vuelva a suceder. Vean este sábado, este domingo, este nuevo lunes que es quizás un martes convirtiéndose en un miércoles que desea ser jueves en el que nada ocurre. Véanme a mí recordando una mano que recogía una moneda, saboreando aquella mirada, anhelando la inmensa sonrisa que me abrazaba, extrañando nuestros encuentros casuales que nunca se habrán de producir de nuevo. Hoy me veo a mí mismo, tan estúpido como para fingir que pierdo una moneda, para más tarde volver sobre mis pasos y encontrármela, pero yo solo, sin ninguna otra mano que deshaga la soledad de la mía, que recoge la moneda con desgana. Pruebo suerte en las esquinas, pero nunca su mano se anticipa a la mía. La soledad del que encuentra la moneda que él mismo ha decidido perder.
Y ahora unos niños han empezado a seguirme, ya ni yo mismo encuentro mis propias monedas. El loco que tira monedas de dos euros, dicen. Qué saben ellos de las leyes del caos.

La Balada de Herbert y Margaret

Margaret lanzó una altiva y definitiva mirada a Herbert. Herbert luchó inútilmente contra ese sentimiento de vergüenza que le estaba acorralando y le hacía sentir que se hundía en el asfalto. Luego se dio cuenta de que había metido los pies en unas arenas movedizas que pasaban por allí.

-No quiero volver a verte- dijo Margaret. -Al menos espero que te cambies ese ridículo peinado.

Las palabras retumbaron en los oídos de Herbert como bombas atómicas, muy atómicas. No comprendía tanta crueldad. ¿Acaso Margaret ya no lo quería? ¿Acaso ya no le gustaba su peinado, del que siempre decía que sobresalía sobre las cosas hermosas del mundo? Está bien, quizás nunca había dicho eso, o no con esas palabras, pero... ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué el mundo se venía abajo de esta manera tan terrible? No había palabras. Herbert colocó en Margaret una suplicante mirada llena de lágrimas, tan patética como inútil, balbuceó algo sin sentido, y se alejó tristemente, mirando al suelo, dando patadas a las piedras y a algún que otro niño.

-Está bien -pensó Herbert con todo el dolor de sus entrañas.-Ahora me iré a casa y escribiré cosas en mi diario. Cosas muy malas sobre ella.

Como Herbert no tenía diario, tuvo que empezar uno. Se sentó y comenzó a poner en práctica su plan de venganza, pero esto no calmó su sensación de desamparo. Por el contrario, sólo consiguió que apareciese un absurdo sentimiento de culpa. Reprimió sus deseos de golpear la cabeza contra la pared, pero terminó lanzando el recién estrenado diario por la ventana. ¿Qué podía hacer ahora? Bajar a recuperar el diario, eso desde luego, pero ¿es que iba a pasar el resto de su vida pensando en Margaret, encarcelado en un torbellino de lamentos y soledad, compadeciéndose de sí mismo miserablemente? Sí, bueno, no era mala idea, pero tal vez hubiera otras soluciones... Rápidamente se abalanzó sobre el teléfono y comenzó a marcar. Colgó cuando se dio cuenta de que había pulsado cincuenta números y no estaba logrando nada. El desasosiego se apoderaba de Herbert como un depredador de una presa fácil e indefensa. Las paredes de su cuarto lo cercaban y el pasillo de su apartamento se volvía laberíntico por momentos. Por fin, en un rapto de decisión surgido de algún bolsillo de su camisa, salió de su casa. En su atormentado espíritu había nacido una chispa de determinación que le hizo precipitarse a la calle, poniéndose su anorak en pleno verano, avanzar sin titubeos en busca de su destino, recomponer su orgullito quebrado, y sin volver la vista atrás, tomar las riendas de su agitada existencia.
Dieron las seis en punto cuando Herbert abrió la puerta de la peluquería.

El Formalismo Ruso

No sé, le digo que no sé qué ha ocurrido, la señorita y yo estábamos intercambiando opiniones acerca del formalismo ruso cuando de repente se convirtió en un cocodrilo, qué quiere que le diga, a mí también me ha sorprendido... ¿recuperarán mi brazo?

Dejando Verónica

Desperté temprano con la inquieta y punzante necesidad de huir de aquella cama como un rayo.
Mirando atrás estaba la noche, cuando fui titánico, cuando fui alado, fui tenaz, cálido, hielo, sonrisa tierna y cínica, domador de leones.
El rastro de la noche todavía flotaba en el aire, un aroma de invocaciones divinas, casi satánicas, un eco de gritos y susurros fantasmales, y por supuesto, Verónica en su cama, dormida y secreta.
La probabilidad de poder ser solamente yo esa mañana fue un cohete. Diseñé una gran mentira para escribir una nota disculpa. La inventé tan magnífica y tan digna de la noche, que antes de precipitarme calle abajo, le hice algunas fotocopias para usarla en próximas ocasiones. Corre, cabrón, corre.

Man Gave Name to (Almost) all the Animals

Dice la Biblia y una canción de Bob Dylan que el hombre puso nombre a los animales. Bueno, al principio sí. Fue un encargo divino que en realidad supuso una carga que el hombre no supo llevar muy bien. De hecho, casi nadie lo sabe, pero el encargo tuvo que ser cancelado antes de finalizarse.
Todo empezó muy bien, el hombre mostrándose muy centrado en su labor y siendo realmente creativo, eligiendo nombres evocadores y llenos de sonoridad: Petirrojo, Águila, Pantera, Luciérnaga. El Creador estaba satisfecho con los primeros nombres. Parecía que el hombre hacía su trabajo de nombrar con eficacia y entusiasmo. Pero esto no duró mucho. "Demasiados bichos", comenzó a pensar el hombre. Cuando vio la cantidad de animales acuáticos que tendría que nombrar, empezó a perder la paciencia. "A estos del agua no los veré mucho. ¿Qué tal si les llamo a todos Pez?" Al Creador no le gustó nada esta salida de tono, y creó un bicho realmente feo y extraño, con pico y pelo. "Ornitorrinco", dijo el hombre, con altanería. Al Creador le hizo gracia el nombre, pero decidió no ponérselo fácil. Más y más animales poblaban el mundo, para los cuales el hombre apenas tenía nombres. Se dedicaba a cambiar una letra por animal, con desidia y aburrimiento. Gamo. Gallo. Gato. Pato. Pavo. LLegó incluso un momento en que repitió el nombre de algún animal. Buey. Comenzó a poner nombres absurdos. Araña, Comadreja, Libélula, Delfín, Ballena. El Creador estaba preocupado, pues todavía tenía muchos insectos por crear y temía que tuviese que recurrir a nombres científicos en latín ante la incapacidad del hombre. Y es que éste ya no daba más de sí. Musaraña, Mariquita, Mariposa, Caracol, Escarabajo, decía en pleno delirio. El agotamiento le desbordaba, hasta que le comenzó un pequeño tartamudeo: Cacatúa, Cocodrilo, Hipopótamo, Papagayo, Cacalamar. "¡Se llamará Calamar!" tronó la voz del Creador, y Él mismo continuó con el asunto de los nombres.

La Novela Definitiva

X estaba escribiendo una novela y me prometió que yo sería el primero en leerla.
"Es una historia de amor. Apasionada y visceral. Algo terriblemente radical. La novela definitiva. Ochocientas páginas. Sólo tengo que darle un buen final."
Estoy impaciente.
El teléfono me despertó de madrugada unos días después. La voz excitada y atropellada de X intentaba comunicarme que había terminado su novela.
"He estado escribiendo toda la noche, está terminada. Mil doscientas páginas, lo mejor que se haya escrito sobre la guerra."
No supe qué decir debido al sueño, pero estaba un poco confuso acerca del tema de la novela. Amor. Guerra. ¿Amor en tiempos de guerra? De todas maneras, al día siguiente X no me llevó la novela.
"Creo que he de retocarla un poco. Quiero que resulte verosímil, sobre todo porque la ciencia ficción cobró un poco de fuerza al final, y tiene que encajar bien en la historia. Hay un poco de todo, como ves."
Y tanto. Pasó una semana.
"Tardaré un poco más de lo que pensaba. Quiero que todo esté perfecto. Estoy aligerando un poco la historia, que sea más concisa."
Mucho mejor. Otra semana.
"Hay partes que no me acaban de gustar. Será una historia mucho más escueta, pero más efectiva. Ahora todo encajará. No has leído nada semejante."
Un mes después, X apareció con su ansiada novela.
"He quitado mucha paja. Ésta es mi novela. Es breve y concisa, pero lo dice todo."
De las originales mil doscientas páginas, quedaba un trozo de papel, pero por fin tenía en mis manos la novela definitiva, una historia de amor, guerra y ciencia ficción. Yo diría que hasta de terror. Decía:
"Los amantes se dijeron adiós, a sabiendas de que no volverían a verse jamás. En sus ojos no había lágrimas, pues eran de piedra." FIN

Claxons

La calle es la auténtica escuela. En las calles de la ciudad se aprenden cosas que nunca se aprenderían en otro lugar. Como el lenguaje de los claxons. A fuerza de escuchar, de estar atrapado en interminables atascos, de soportar a impacientes conductores, he aprendido a interpretar esos sonidos, a comprenderlos de veras. Advierto que no es nada fácil, y que casi nadie logra entender el verdadero sentido de esos pitidos, pues nada es lo que parece. Puede parecer mentira, pero el significado del bocinazo de un coche rara vez coincide con la intención de su conductor. El otro día, un conductor desesperado por verse atrapado en una doble fila tocaba el claxon de su vehículo mientras vociferaba: "¡A ver, cabrón, saca de ahí el coche!" Lo normal hubiese sido que el sonido del claxon de su coche sugiriese algo parecido al locuaz comentario de su dueño, y comprendo que a la gente se lo parezca, pero no es así. Mi experiencia en bocinazos no me deja lugar a dudas; el coche decía: "Piensa en mí, cuando llores, cuando sufras también piensa en mí."
¿No me creen? Lo sé a ciencia cierta. Sólo tienen que pararse a escuchar. Un camión dio un frenazo para no impactar contra un coche que se cruzó en su camino. El camionero se cagó en la familia del conductor del coche rival, pero el claxon, por el contrario, dijo: "No debía de quererte, no debía de quererte, y sin embargo te quiero."
Ayer presencié cómo un coche quería adelantar a otro, y le pedía paso con un sonoro bocinazo que decía: "Si tú me dices ven, lo dejo todo", mientras el propio conductor mostraba su dedo corazón al coche adelantado. Éste a su vez, estiraba igualmente su dedo largo y dedicaba otro bocinazo al son de: "Como yo te amo, convéncete, convéncete, nadie te amará".
Éste es un idioma que todo el mundo debería conocer. Nos haría la vida en la ciudad mucho más llevadera. Ahora sé que en este atasco el claxon del loco que está detrás de mí dice "Y no me canse de jurarte que no habrá segunda parte, me cuesta tanto olvidarte." El impaciente condctor que tengo delante probablemente no sabe que su coche dice "Entonces siempre acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti, como ahora pienso." El conductor de un coche situado a mi derecha me mira con desagrado, mientras curiosamente su claxon dice: "A tu vera, siempre a la verita tuya, hasta que de amor me muera". Un coche de matrícula francesa y conductor mal encarado canta con su bocina: "Quand il me prend dans ses bras, il me parle tout bas, je vois la vie en rose." Con todo esto, yo me animo y hago sonar el claxon de mi coche, que siempre dice: "Amor de mis amores, reina mía, qué me hiciste que no puedo conformarme sin poderte contemplar".

Creativo Topográfico

Todo empezó como un juego infantil, o como un pequeño acto de rebeldía sin importancia. Se le ocurrió la tonta idea de cambiar de lugar los nombres en el mapa. Puso Alemania en Australia, Australia en Argentina y Argentina en Alemania. Un cambio que para mucha gente pasó desapercibido pero que causó algunas equivocaciones no exentas de ciertos perjuicios para muchos. Visto el efcto de estos cambios, y dada la diversión que obtuvo con ellos, decidió proseguir, y Canadá apareció en Camerún, Camerún en California y California comenzó a ser la Cordillera Cantábrica. Cuando nos dimos cuenta, todo estaba en otro lugar. Gente que creía estar en Marruecos estaba en realidad en Macedonia, algún turista que quería visitar Japón visitaba Jamaica, y el embajador de China en Chile se convirtió en el embajdor de Chile en China. Algunos preferimos no darle importancia, simplemente tener un poco de cuidado, y fijarse bien a que lugar íbamos, aunque a veces fuese difícil no ir a parar a Suecia queriendo ir a Suiza. Pero otras personas empezaron a calificar estos cambios como actos de terrorismo. Manifestaciones en las calles, protestas formales de presidentes gubernamentales sacudieron el mundo con confusión durante meses. Todo esto no hizo más que llevar mucho más lejos su juego. Comenzó ya no sólo a cambiar los nombres de sitio, sino que además se los inventaba. Así aparecían países llamados Grocelandia, Polecia, Libertania y se llegó a decir que había un conflicto bélico entre Hilbanecia y Samugania. El caos fue total cuando el presidente de un importante país se quejó de que no había sido recibido por la diplomacia de Nueva Cralecia.
Con el tiempo, las cosas volvieron a la normalidad, y hoy apenas se habla de esos convulsos meses. La última vez que lo vi, me dijo que seguía trabajando en lo mismo, cambiando e inventando nombres de lugares, y que se ganaba la vida con ello como siempre. Al parecer una importante multinacional lo había contratado como "creativo topográfico" y le pagaba un muy buen sueldo por diseñar mapas absurdos. Iba vestido con un traje elegante. La verdad es que ya nadie se acuerda de él.

James y Jane

Tengo un sueño recurrente, y creo que estoy destinado a cumplirlo. Desde hace varias semanas sueño que me enamoro miserablemente de una chica fanática de las películas de James Ivory y de las novelas de Jane Austen. Vaya pesadillas. Siempre me despierto muy confuso y con ganas de esconderme por si acaso. Como sé que tarde o temprano la conoceré, en el momento en que la vea le diré lo que pienso para que tenga las cosas claras: James Ivory es un tostón y Jane Austen escribía siempre la misma historia. Después nos casaremos, nos iremos a vivir a la campiña inglesa, tendremos mayordomos y caballos, beberemos té y seremos inconsolablemente felices.