domingo, 28 de octubre de 2007

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DESCARGA (I)

Los seis profesores nos congregamos en el vestíbulo de la escuela, hicimos algún típico comentario gracioso acerca de algún típico comentario gracioso de algún alumno y nos deseamos una feliz semana de vacaciones.
Yo apenas había cruzado un par de palabras con ella en todo el curso. Hasta tenía dudas sobre qué asignatura impartía y cómo se llamaba, por eso cuando se me acercó y me deseó felices vacaciones diciendo mi nombre, me sorprendió. Yo le sonreí, me acerqué para darle los dos besos de rigor, tratando de recordar a duras penas si se llamaba Sonia o Silvia. En ese esfuerzo estaba, ya aproximando mi rostro al suyo, cuando noté su mano en mi brazo, y como si un latigazo del cielo enladrillado cayese sobre mí. Caí al suelo fulminado, humeante. Cundió el pánico y el estupor, y me llevaron urgentemente a un hospital.
A algunas mujeres las carga el diablo. Todavía echo humo de vez en cuando, y desde entonces, si veo por los pasillos de la escuela a esa profesora, trato de esconderme donde puedo, detrás de algún alumno o de un pupitre. Ella trata de encontrarme para disculparse por el accidente, pero yo siempre salgo corriendo, lleno de terror: lo que la gente llama amor, en suma.

DESCARGA(II)

El temido momento había llegado. Mis salidas estaban bloqueadas por una pared inaccesible a un lado y un cura castrense inquebrantable al otro. Aquella profesora cuyo nombre ignoraba estaba frente a mí y yo no tenía escapatoria. Muerto de miedo dije hola.
-Hola -respondió ella amistosamente y acercándose cada vez más. En algún momento fue consciente de que yo estaba aterrorizado, así que dio un paso atrás y comenzó a disculparse. -Siento mucho lo ocurrido. No me explico qué pudo suceder.
-Ni yo tampoco...- dije al borde de una crisis de ansiedad.
-¿Te encuentras mejor?
-S-s-sí.
-Veo que todavía te sale algo de humo.
-Por las uñas, sí.
Intenté tranqulizarme. Después de todo ella sólo intentaba ser amable y mi pánico no estaba demasiado justificado. Debía ser precavido, pero tampoco podía comportarme como un neurótico. Pensé en una frase simpática para quitarle trascendencia al asunto, incluso di un paso hacia adelante para mostrar que no estaba a la defensiva, explayé mi sonrisa, y cuando me disponía a decir no sé qué estupidez, estiré un brazo amistosamente, toqué con mi mano su espalda, y en un segundo, era ella la que estaba en el suelo humeando. Fue en ese momento cuando entendí que si no se había muerto, estábamos hechos el uno para el otro.

DESCARGA (y III)

Ambos nos deslizábamos sigilosos por los pasillos, asomábamos las cabezas al llegar a una esquina, preparados para salir huyendo aullando en cuanto nos viésemos o detectásemos la emanación del humo del otro. Así transcurrieron días, haciendo de la cautela y el camuflaje nuestro modo de vida, tomando nuestras evasiones como la única garantía de supervivencia.
Tuvo que ser, por supuesto, en el momento de la calma, cuando la sala de profesores nos acogió en la tormenta. Yo me refugié debajo de la mesa, ella trató de parapetarse tras un diccionario. Fueron momentos de terror, quizás sólo transcurrieron unos segundos, pero los corazones latían como el motor de un dinosaurio eléctrico. Se hizo el silencio y la confusión sorda. La sala de profesores parecía callada, impasible, como si allí nada estuviese sucediendo. Alcé la mirada desde debajo de la mesa. Pude verla, asomando su cabeza desde detrás del diccionario. Nuestras miradas se cruzaron. Fue fatal: la onda expansiva nos alcanzó, durante unos segundos fuimos inconscientemente fans de AC/DC, y durante ese breve lapso de electrocución fuimos la pareja más feliz que emanaba humo sobre la tierra.

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